Hasta hace relativamente poco, cuando hablábamos de ciberacoso entre adolescentes pensábamos en insultos por WhatsApp, perfiles falsos, fotos compartidas sin permiso o rumores que saltaban del aula al móvil.
Todo eso sigue existiendo, por desgracia, pero ahora hay que añadir algo bastante más inquietante: ya ni siquiera hace falta que una foto, un vídeo o un audio sean reales para hacer daño a alguien.
Una fotografía cualquiera puede servir para fabricar otra. Una voz puede manipularse. Puede crearse un vídeo falso de un compañero diciendo o haciendo algo que nunca ocurrió. Y una herramienta que hace pocos años exigía bastantes conocimientos técnicos está ahora al alcance prácticamente de cualquiera.
No estamos hablando de una posibilidad futura.
El nuevo informe sobre acoso escolar de Fundación ANAR y Fundación Mutua Madrileña, publicado el 11 de septiembre de 2026, señala que la inteligencia artificial ya aparece en el 23,5 % de las situaciones de ciberbullying conocidas por los alumnos, frente al 14,2 % del curso anterior. Es uno de los datos más llamativos del informe.
Una foto normal puede convertirse en algo que nunca ocurrió
Cuando oímos hablar de deepfakes solemos pensar en vídeos sofisticadísimos de políticos o famosos. Pero el problema cotidiano puede ser mucho más sencillo.
INCIBE explica que la inteligencia artificial puede utilizarse para crear imágenes, vídeos o audios falsos que parecen reales, suplantar la identidad de otra persona o fabricar rumores y burlas. Y eso cambia bastante las reglas del juego, porque una fotografía perfectamente inocente subida a Instagram, enviada a un grupo o compartida entre compañeros puede convertirse en materia prima para fabricar otra cosa.
En el informe de ANAR, la manipulación de fotografías aparece en el 79,5 % de las situaciones de ciberbullying con IA conocidas por el alumnado, y la manipulación de audio o voz en el 57,5 %. Las chicas representan el 60,3 % de las personas afectadas en estos casos.
«Pero si se ve que es falso» ya no es una defensa suficiente
Uno de los problemas de la inteligencia artificial generativa es precisamente que cada vez resulta más complicado distinguir algunos contenidos manipulados a simple vista.
Puede haber señales: movimientos extraños, iluminación incoherente, una voz poco natural o pequeños errores en manos, caras o fondos. Pero convertir a nuestros hijos en detectives de píxeles tampoco puede ser la solución.
La regla que me parece más útil es bastante más sencilla: que algo parezca real no significa que haya ocurrido.
Especialmente cuando el contenido resulta humillante, escandaloso o sorprendente. Antes de reenviarlo, comentarlo o participar en la burla, hay que parar.
Y aquí aparece otro dato del informe que merece atención: aproximadamente tres de cada diez alumnos no consideran cómplice del acoso a quien difunde contenidos humillantes.
Ese «yo no lo hice, solo lo mandé» es precisamente una de las conversaciones que deberíamos tener en casa.
No hace falta crear el contenido para hacer daño
Imaginemos que alguien fabrica una imagen humillante de un compañero. La crea una persona, pero después veinte la envían a otros grupos, cincuenta la ven, diez hacen capturas y otras tantas la publican en diferentes redes.
El daño ya no depende únicamente de quien utilizó la IA. Depende también de toda la cadena que decidió seguir difundiendo aquello.
El informe sitúa WhatsApp como el canal más habitual en situaciones de ciberbullying, presente en el 78,4 % de los casos conocidos, seguido de TikTok, con un 65,6 %, e Instagram, con un 50,4 %.
Por eso probablemente tenemos que hablar menos de «no hagas bullying» —porque casi ningún adolescente considera que él sea quien hace bullying— y plantear situaciones mucho más concretas.
¿Qué haces si recibes una foto manipulada de una compañera? ¿La reenvías? ¿La borras? ¿Avisas a alguien? ¿Te ríes aunque no la compartas?
Ahí es donde la conversación deja de ser teórica.
Qué hacer si descubrimos una imagen, un vídeo o un perfil falso de nuestro hijo
Lo primero, aunque seguramente sea también lo más difícil, es no reaccionar impulsivamente borrándolo todo.
Hay que conservar pruebas: capturas de pantalla, enlaces, nombres de usuario, mensajes y fechas. INCIBE recomienda además revisar las demás redes, aplicaciones y juegos que utiliza el menor para comprobar si el contenido o la suplantación se ha extendido a otros lugares.
Después conviene reportar el perfil o contenido a la propia plataforma solicitando su retirada.
Si existe un perfil falso, una cuenta comprometida o alguien está utilizando la identidad del menor, también habrá que cambiar contraseñas y activar, cuando sea posible, la verificación en dos pasos. INCIBE recoge estos pasos en su guía sobre suplantación de identidad.
Y si estamos ante compañeros del mismo centro, el colegio también tiene que conocer lo que está ocurriendo. Que la agresión tenga lugar en un móvil no hace que deje de ser un problema escolar cuando afecta a las relaciones entre alumnos.
Si el contenido es íntimo o especialmente grave, hay herramientas para retirarlo
Cuando se difunden sin consentimiento imágenes o vídeos de carácter sexual o especialmente sensibles, puede utilizarse el Canal Prioritario de la Agencia Española de Protección de Datos para solicitar su retirada urgente.
Dependiendo de la gravedad de lo ocurrido, también puede ser necesario denunciar. Si vais a hacerlo, esas capturas, URLs, nombres de usuario, mensajes y fechas que hayáis guardado pueden convertirse en pruebas importantes.
INCIBE ofrece además asesoramiento gratuito y confidencial en el 017, tanto para menores como para padres, madres y educadores.
También tenemos que hablar con quien podría fabricarlo
Hay una parte de este problema que me parece fácil olvidar. Siempre pensamos en cómo proteger a nuestro hijo para que no sea víctima, pero nuestros hijos también tienen que saber qué pueden y qué no pueden hacer con estas herramientas.
Porque generar una fotografía falsa de una compañera «por hacer la gracia» puede parecerles algo similar a crear un meme.
Y no lo es.
Puede convertirse en humillación, suplantación, vulneración de la intimidad o una situación de acoso con consecuencias muy reales para otra persona.
INCIBE advierte expresamente de que utilizar IA para crear contenidos falsos, suplantar identidades, difundir rumores o burlarse de alguien puede tener consecuencias tanto para quien lo sufre como para quien lo hace.
Así que quizá la conversación más útil no sea «la inteligencia artificial es peligrosa». Podría ser algo bastante más concreto: no utilices nunca la cara, la voz o las fotografías de otra persona para fabricar algo sin su permiso.
El acoso escolar tampoco termina cuando termina la clase
El mismo informe muestra otro dato especialmente duro: el 27,6 % de las situaciones de acoso presencial conocidas se prolongan durante más de un año y, en ciberbullying, el porcentaje alcanza el 22,8 %.
Antes, por lo menos, la víctima podía salir del colegio. Con el móvil, el grupo de WhatsApp, TikTok o Instagram, el acoso puede acompañarla hasta su habitación.
Y cuando además podemos fabricar imágenes, audios y vídeos falsos casi en segundos, necesitamos actualizar bastante deprisa las conversaciones que tenemos con nuestros hijos sobre Internet.
No hace falta que sepamos utilizar todas las herramientas que utilizan ellos. Pero sí que entiendan tres cosas muy sencillas: que una imagen puede ser falsa aunque parezca real, que reenviar una humillación también significa participar y que si algún día les ocurre algo así —aunque hayan cometido algún error antes— lo primero que queremos es que nos lo cuenten.
Porque seguramente podamos arreglar muchas más cosas si nos enteramos al principio que después de varios días de grupos, capturas y reenvíos.
¿Habéis hablado alguna vez con vuestros hijos de imágenes creadas con IA o deepfakes? Me interesa especialmente saber si en sus colegios ya están abordando este tema, porque tengo la sensación de que la tecnología está avanzando bastante más deprisa que las conversaciones que estamos teniendo sobre ella.









