Hace unos días asistía por casualidad en twitter a una pequeña discusión entre mamás acerca del cachete. Precisamente ese día venía yo de asistir a una de esas escenas en las que un niňo -en este caso bebé- recibía uno.

Quienes defienden el cachete generalmente lo hacen como algo que no es dañino, que no duele, y evita males mayores. Y que es necesario para educar debidamente. Y pareciera que quienes no lo usamos o no enfrentamos correctamente esas situaciones o directamente no las enfrentamos.

En primer lugar creo que debemos aclarar conceptos. El cachete no educa. No niego que pueda ser muy eficaz como medio de control de situaciones peligrosas; pero esto es porque genera miedo, y el miedo es un arma muy poderosa. No le enseñarás que no puede hacer eso por X motivos, le enseñarás que no puede hacerlo porque le pegarás. Y no lo dudes, cuando no estés, es muy posible que lo haga. También le enseñarás que cuando alguien no entre en razón le puede convencer pegando. ¿Es este el mensaje que queremos transmitir?

Un cachete es una expresión de frustración y pérdida de control. ¿En serio pensáis que así se puede enseñar algo? Cualquier cosa que consigáis con un cachete, por muy suave que sea éste, se puede conseguir con la palabra. Con más tiempo, con más dedicación, con más paciencia. Pero se consigue. Y es mucho más efectivo, porque cuando un niño deja de hacer algo porque ha entendido que está mal o que es peligroso, no lo hará independientemente de que estemos delante o no. A través del cachete sólo conseguiremos que no lo haga cuando estemos delante, por miedo. ¿Es lo que queremos?

La madre que defendía el cachete decía que se lo dio a su hija en la mano cuando la iba a meter en el horno. En la situación que yo viví, un bebé de 20 meses tiró una maceta. En ambos casos, asistía asombrada a la «solución», cuando lo más sencillo y lo más educativo sería haber atajado el problema de raíz. Si, ya se que no siempre es posible… que a veces te encuentras el problema encima… bueno, pues soluciónalo, como puedas, sin cachete, y aprovecha para explicarle lo que podría haber pasado.

Yo a mi hijo le dejaba tocar el horno según se iba calentando, y así él mismo comprobaba como el calor iba en aumento y empezaba a ser molesto. En el caso de la maceta.. pues si le acompañas «explorando» la maceta es más difícil que la tire.. pero si le gritas desde la otra punta de la estancia «no toques eso» como siete veces… pues… lo tocará, lo romperá, y es normal porque es un bebé y tiene que explorar.

La defensa final suele ser atacar: vale, no pegas,  pero haces mal otras cosas.

Cierto, hago otras cosas mal, y es que somos personas imperfectas, que traemos una mochila de vivencias que nos hacen ser quienes somos y actuar como lo hacemos. Y por desgracia no siempre somos conscientes de las connotaciones de nuestros actos. Por eso es importante que nos paremos a valorar la forma en que actuamos, la forma en que criamos  y educamos.

Pero lo que es innegable, nos guste o no el cachete tiene unas implicaciones de abuso e imposición y causa un daño que no se puede pasar por alto: Los cachetes sí perjudican la salud, como bien explica Ramón Soler  y considero necesario que se insista mucho en ello. Debemos ser conscientes de lo dañinos que son, y también de que no son ni necesarios ni imprescindibles, pues no olvidemos que pegando a un niño le enseñamos a pegar, y de este modo perpetuamos la cadena de la violencia.

¿Alguna vez os habéis puesto en el lugar de  un bebé o niño cuando le pegan? ¿Os habéis parado a pensar cómo se debe sentir, la incomprensión,  la impotencia, el dolor de corazón que le debe producir que alguien a quien quiere tanto le agreda?

Los cachetes donde más duelen no es en el cuerpo, donde más duelen es en el corazón.

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Una madre como tú
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