Os voy a confesar una cosa. Nos hemos metido en esta aventura de ser papás de nuevo de un modo un poco inconsciente. Conscientemente inconsciente.

Y es que siempre hemos tenido claro que no queríamos ser una familia de 3, sino más bien de 4, o 5…

Pero lo cierto es que, casi cuatro años después de convertirnos en padres, si nos sentáramos a pensar en tener otro hijo friamente y dejando a un lado los sentimientos, la verdad es que creo que no lo haríamos.

Mi peque fue un bebé muy tranquilo, hacía lo que se les supone a los bebés: comer y dormir. Se quedaba completamente k.o. en el pecho, yo lo ponía en su cunita y ni se enteraba, y dormía y dormía hasta que se despertaba con una sonrisa en los labios… recuerdo observarle desde la puerta de la habitación, esperando a ver si se quedaba dormido de nuevo o terminaba de despertarse. Y él siempre sonreía. Si, se despertaba de noche, como todos los bebés, pero en cuanto hacía su toma se dormía de nuevo, así que bueno… no era tan terrible la verdad.

Pero en torno a los 4 meses algo empezó a cambiar, el sueño se volvió más inquieto, de día no podía ponerlo en la cuna porque se despertaba y no volvía a dormirse, y de noche ni se dormía tan fácil ni tampoco aceptaba de buen grado la cuna. Fue entonces cuando comenzamos a colechar, por pura necesidad. Los primeros días con culpabilidad, por pensar que no lo estábamos haciendo bien. Tras unos días investigando e informándome ya con la tranquilidad de estar haciendo lo mejor para todos, y con las medidas de seguridad necesarias.

El sueño ha sido, sin duda, nuestro gran caballo de batalla, y lo más duro de estos años. Días y semanas y meses… durmiendo apenas unas horas, soñando con una noche de 5 horas seguidas de sueño reparador,  teniendo que levantarte a las 8 e irte a trabajar y rendir «con normalidad», para volver a mediodía a corretear y entretener al pequeñajo, hacer lo posible por mantener tu casa en condiciones y enfrentarte de nuevo a otra noche de descanso insuficiente. Lo peor eran las discusiones de pareja a las 5 de la mañana tras toda la noche sin dormir, discusiones de pura desesperación y agotamiento…

Tengo claro que sin éste blog, sin ésta tribu que tengo, habría enloquecido. Poder compartir nuestras inquietudes con otras madres y padres, saber cómo lo hacían otros, que no estábamos sólos,  fue sin duda el mejor apoyo que podíamos encontrar.

También tengo muy claro que sin la lactancia materna todo habría sido muchísimo más difícil. Porque poder sacar un pecho medio dormida, que el peque se enganche y seguir durmiendo aunque fuera con un ojo abierto fue sin duda lo que me permitió sobrevivir a las peores etapas.

No quiero que penséis que todo ha sido negro horrible; mi niño es una preciosidad que nos ha llenado de felicidad. Tiene mucho carácter y al mismo tiempo es muy bueno. Es un niño muy risueño y payasete, nos hace reir un montón. Es un terremoto que con 7 meses daba sus primeros pasos, y con sus escasos 4 años maneja un vocabulario que no deja de sorprenderme.  Come de maravilla, le encanta «ayudar a mamá», es tremendamente cariñoso… pero el sueño… ¡ay el sueño!

Este mes de octubre ha sido el primero en el que he dormido todas las noches del tirón hasta la hora de despertarme. Con eso ya os lo digo todo. Y también el hecho de no tener a unos abuelos disponibles ha sido un gran hándicap, pues cada vez que se ponía enfermo, cada vez que pasaba una mala noche, cada vez que había algún problema… era un verdadero problema para nosotros, pues ya sabemos todos cómo están las cosas con los trabajos.

volver a empezar

Así que si,  realmente si hiciéramos una reflexión fría, seria y absolutamente cerebral de si deberíamos tener otro hijo… creo que no me equivoco al decir que la respuesta sería no, no de momento.  Y es que cuando leo y hablo con mi amiga Mamá contra corriente, y veo a su segundo tan parecido a  mi niño en muchos sentidos, no puedo evitar que me entre cierto sudor frío. ¿Y si volvemos a empezar en el peor sentido? ¿Y si nos pasamos otros tres años sin dormir?

Evidentemente hemos preferido tomar la decisión con el corazón. Preferimos ser un poco ilusos, y pensar que quizás nos toque uno de esos bebés dormilones de los que todo el mundo habla. Además ahora tenemos disponibilidad de una de las abuelas, no a «tiempo completo» pero podría cubrirnos en caso de enfermedad. Y el resto… bueno, el resto ya lo resolveremos sobre la marcha, que también tiene su punto de gracia.

Siempre supimos que no queríamos un hijo único, y la ilusión con la que mi niño ya besa mi barriga y me da comida a la boca «para que coma el bebé» es sin duda la mejor confirmacion de que hemos tomado la decisión correcta.

Así que si, toca volver a empezar… a cambiar pañales-bomba, a las largas noches en vela, a los gases y los cólicos, a la desesperación de los dientes… pero también volver a ver unos ojillos descubriendo el mundo, unas manos agarrándose fuerte a él, unas piernas luchando por tener la sufiente fuerza para recorrerlo, una lengua de trapo esforzándose por contarlo.

Y eso, y la magia de poder vivirlo también a través de los ojos de nuestro otro hijo, compensará sin duda todo lo que pueda venir.

 

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Una madre como tú
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