Hoy me han dado una noticia que lleva tiempo esperando. Una gran noticia, de esas que te emocionan y hacen que sonrías y llores a la vez, de esas que hacen que incluso los días más grises de repente luzcan el sol más hermoso.

Hace ya tres años, verano del 2009, que comenzó esta historia. Por entonces yo estaba embarazada de 8 semanas, hacía ya dos semanas que lo sabíamos, habíamos visto su corazoncito latir, y todo marchaba con normalidad. Estaba feliz y emocionadísima, iba a cumplir uno de mis mayores sueños, iba a ser MADRE por fin.

Eran las 10 de la mañana y yo estaba en mi oficina, trabajando como cada día, cuando de repente note un PLOFFF. Ya sabéis, ese plof… que no podía ser, porque estaba embarazada. Inmediatamente me levanté y fui al servicio, y confirmé mis temores: sangre. Mucha, muchísima sangre. Mucha más que en mis reglas.

Volví a mi sitio intentando mantener la calma, farfullé como pude que me tenía que ir al médico y salí casi corriendo a casa. Por el camino llamé a mi chico, que estaba en casa: Vístete, me tienes que llevar urgencias, estoy sangrando y mucho. Colgué para no romper a llorar en medio de la calle, pero en cuanto entré en casa (vivo a escasos minutos) rompí a llorar desconsolada, segura de había perdido a mi bebé. Me cambié de ropa y nos marchamos.

Por el camino llamé a mi madre, que trabajaba en el hospital al que íbamos, así que cuando llegamos ella ya nos esperaba en urgencias. Dimos mis datos, y al explicar el motivo nos pasaron a una pequeña sala. Allí había una pareja, y quiso la casualidad que la chica fuera compañera de mi madre.

Al entrar nosotros, ambas nos miramos, e inmediatamente nos entendimos. Mi madre le explicó por qué estábamos allí, y ELLA nos explicó que su motivo era el mismo. Yo estaba segura de que había perdido a mi bebé, y por más que lo intentaba no conseguía mantener la esperanza… mi sueño de ser madre se había roto en pedazos, con todo lo que había sangrado era imposible que siguiera embarazada. Yo no podía ni hablar, sólo intentaba no romper a llorar desconsoladamente, ya sólo eso me suponía un gran esfuerzo.

Mi madre intentaba consolarme, con los típicos: eres joven, esto pasa a veces, ya verás como pronto estás otra vez embarazada… y ELLA también me animaba, me decía que ya vería como pronto habría pasado todo, que a veces sucedían estas cosas… y entonces nos contó que era la cuarta vez que les pasaba lo mismo, que al bebé se le paraba el corazoncito y no llegaba a cumplir el primer trimestre. Y cada vez le tenían que hacer un legrado. Lo decía envuelta en una pena terrible, tanta que me sentí fatal por estar yo así. Cuatro veces, y aún me animaba ELLA a mí. Intenté imaginar cómo debía sentirse, además nos contó que ya tenía 38 años con lo que las cosas empezaban a ponerse difíciles para ella… Me conmovió su tristeza, y me dí cuenta de que no tenía derecho a romper a llorar ante ella, mi sufrimiento era ridículo al lado de todo lo que ELLA debía estar pasando.

Una hora después me llamaron, el ginecólogo me revisó y más frío que un témpano dijo que había que hacer una ecografía para confirmar que lo había perdido.  Así que con mi bata de hospital enseñaculos y en una silla de ruedas me llevaron al ecógrafo de embarazadas. Y es que en urgencias no tenían ecógrafo, así que en medio de una sala llena de mujeres felices con hermosas barrigas tuve que esperar otra hora más a que me hicieran la ecografía. La hora más eterna y triste de toda mi vida.

Cuando por fin me tumbaron en la camilla, no podía mirar la pantalla del ecógrafo.  No podía ver esa pantalla vacía, así que giré la cara hacia el lado contrario, resignada a escuchar las palabras que confirmaran mi pesadilla. Pero no decían nada, y movían el cacharro sobre el gel frío… entonces miré la pantalla y ¡ahí estaba! Latiendo bien fuerte, el corazoncito de mi bebé. No lo podía creer, ¡estaba bien! El ecógrafo nos confirmó que todo estaba bien, que el embarazo seguía adelante y no parecía tener ningún problema.

Me llevaron de vuelta a la salita, a esperar que me llevaran de nuevo junto al ginecólogo. En cuantro entré la miré, me sorprendió que aún estuviera esperando… ELLA me miró, y en mi cara adivinó la buena noticia. Se acercó y  me cogió la mano, y ví la alegría sincera en su cara. Ambas nos emocionamos, mucho, sin duda aquel fue un rayo de esperanza que ninguna de las dos esperábamos. Me dijo que se alegraba muchísimo por mí, que no llorara, que mi bebé seguía conmigo y nacería sano. Y yo le pedí que no se rindiera, que siguiera luchando, porque lo conseguiría, que ELLA tendría su bebé entre sus brazos, que cumpliría su sueño de ser mamá.

Todo el embarazo pensé en ELLA , en cómo estaría, si le habrían dado por fin motivos para sus pérdidas… pero ya no trabajaba con mi madre, tras el aborto cogió una baja y cuando venció su contrato no la renovaron, así que mis preguntas no tenían respuesta.

Seis meses después volví al hospital, con 39 semanas de embarazo, la bolsa rota y contracciones. Mi bebé iba a nacer por fin. Y nació, como ELLA me dijo, sano.

Y quiso la casualidad que el día que volvíamos a casa, al ir a coger el ascensor, ELLA estuviera allí. Su cara al verme con mi bebé en brazos fue la muestra de alegría y empatía más sincera que he visto jamás. Nos abrazamos, emocionadas, me felicitó, lloramos de nuevo juntas, envueltas en absoluta felicidad, y me contó que parecían haber encontrado el motivo a su pérdidas, que iban a darle un tratamiento, y que quizás en unos meses pudieran volver a intentarlo. Le deseé toda la suerte del mundo, y sentí una paz y una felicidad enormes de haber podido presentarle a mi niño.

No os podéis imaginar la de veces que me he acordado de ELLA … que me he preguntado si habría tenido alguna perdida más, o si, por fin, habría conseguido su sueño y tendría a su bebé.

Y hoy la respuesta vino a mí en forma de foto. Una foto de una preciosa bebé, hermosa, sana, sonriente… Una foto que me ha hecho sonreir y llorar como una boba, es que saber que ELLA por fin ha conseguido ser madre ha hecho que hoy sea un poquito más feliz.

grandes noticias

De aquel día guardo una importante lección: nunca dar nada por perdido o imposible. Porque incluso las historias más tristes pueden tener un final feliz.

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Una madre como tú
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