Yo sé que el curso ha empezado de verdad no por el primer día de clase, ni por las mochilas, ni por el drama anual de forrar libros, sino por otra señal mucho más fiable: porque el grupo de WhatsApp de la clase despierta de su letargo veraniego y el móvil vuelve a llenarse de «¿qué había que llevar mañana?», «¿alguien tiene la página de mates?» y veintisiete mensajes seguidos para confirmar algo que ya estaba confirmado desde el segundo.
Y que conste que no vengo a demonizarlos, porque estos grupos pueden ser utilísimos: sirven para localizar una sudadera desaparecida, para enterarse de un cambio de horario o para resolver una duda cuando la circular del centro no hay quien la entienda. La cosa se tuerce cuando dejan de ser un apoyo y se convierten, casi sin que nos demos cuenta, en una especie de centralita paralela del colegio abierta veinticuatro horas.
Este septiembre el asunto ha vuelto con fuerza porque hay especialistas poniendo el foco justo ahí: cuando resolvemos desde el chat todos los olvidos, los deberes y los pequeños conflictos del colegio, podemos acabar metiéndonos en medio de una autonomía que les tocaría ir ganando poco a poco. Así que he estado dándole vueltas a dónde está esa línea —y reconociendo, de paso, unas cuantas veces en las que yo me la he saltado con entusiasmo—.
El grupo no debería sustituir a la agenda
Si en casa se olvidan de apuntar los deberes, la tentación de preguntar en el chat y resolverlo en treinta segundos es enorme; yo lo he hecho, y habrá días en los que tenga todo el sentido del mundo hacerlo. Lo que ya no funciona tan bien es cuando eso se convierte en el sistema habitual, porque si siempre hay alguien detrás reconstruyendo la información que no se anotó, el mensaje que llega es bastante simple: da igual que no esté pendiente, que ya lo arreglará alguien.
Y equivocarse, olvidar algo o llegar un día sin el material adecuado tampoco es una tragedia —por mucho que a nosotras nos dé cosa—. Muchas veces son justo esas pequeñas consecuencias, las de pasar un poco de apuro, las que ayudan a acordarse la próxima vez.
Antes de preguntar, mirar si la información ya está en otro sitio
Correo del centro, aplicación, agenda, web, circular, plataforma educativa… Antes de lanzar una pregunta a treinta familias merece la pena dedicar medio minuto a comprobar si la respuesta ya estaba ahí, porque un grupo en el que todo el mundo pregunta antes de buscar genera tal cantidad de ruido que después no hay manera de encontrar lo que de verdad importa.
Y ojo, que aquí hay una objeción justísima y prefiero decirla yo antes de que me la digáis vosotras: si preguntamos en el grupo es, muchas veces, porque el centro comunica de pena. Tres plataformas distintas, una app que funciona cuando le apetece, circulares que llegan el mismo día del examen… Con ese panorama, el grupo acaba siendo el único sitio donde la información aparece entera, y eso no es culpa de las familias en absoluto. Pero precisamente por eso conviene no empeorarlo entre todas: cuanto más ruido metemos, más difícil es encontrar lo poco que sí hacía falta.
No hace falta dar las gracias treinta veces (ni contestar en el acto)
Ya sé que esto suena terriblemente antisocial, pero os prometo que quien ha enviado la información sobrevive estupendamente con un par de reacciones. Los grupos grandes se vuelven inmanejables por pura acumulación de mensajes que no añaden nada: «gracias», «recibido», «ok», tres pulgares, cinco corazones y alguien que aparece tres horas después para preguntar exactamente lo mismo que ya se había respondido (¡y que sigue ahí arriba, a dos dedos de scroll!).
Lo mismo con las prisas por contestar. Estos grupos generan la sensación de que hay que estar pendiente del móvil todo el rato para no perderse nada, y salvo urgencia real, una información escolar puede esperar perfectamente a que terminemos lo que estábamos haciendo. Si algo necesita que todas las familias se enteren ya, lo lógico es que el centro lo comunique por un canal oficial y no confiando en que alguien lo vea en el chat.
Los conflictos del patio no se resuelven en el chat de las familias
Que llegue a casa un enfado porque ha pasado algo en clase nos activa todas las alarmas, y es normalísimo; a mí también se me dispara el instinto de arreglarlo esa misma tarde. Lo que no suele ayudar demasiado es llevar una versión todavía parcial de lo ocurrido —la de una sola parte, y contada en caliente— a un grupo con veinte o treinta adultos dentro.
Un problema pequeño se convierte en minutos en un debate enorme, se forman bandos, y acaba afectando a criaturas que a lo mejor al día siguiente ya lo habían arreglado solas en el recreo mientras nosotras seguíamos escribiendo. Si el asunto necesita intervención adulta, lo que funciona es hablar directamente con la tutoría, con el centro o con la familia implicada, por los canales que existen para eso.
Tampoco es el sitio para evaluar al profesorado
Una cosa es comentar una información objetiva y otra bastante distinta convertir el grupo de clase en una tertulia permanente sobre cómo da clase tal persona, qué tendría que haber hecho o por qué ha puesto esa nota. Y si existe un problema real con el profesorado o con el funcionamiento del centro, hay vías muchísimo más útiles —y más eficaces— para plantearlo que un chat donde nadie tiene capacidad de resolver nada.
Cuidado con las fotos y los datos de otras criaturas
Que tengamos una foto de una actividad escolar no significa que podamos repartirla por donde queramos o reenviarla fuera del grupo, y con la información personal de otras familias pasa exactamente lo mismo.
Diréis: ¿y las fotos del cumple, o las de la excursión, no se pueden compartir entonces? Pues claro que sí, pero con tres costumbres que no cuestan nada: que se queden en el grupo donde se compartieron y no salten a otros chats ni a redes sociales, que no subamos a nuestro perfil fotos donde salgan criaturas que no son nuestras sin preguntar, y que si una familia pide que se retire una imagen de su hija o de su hijo, se retire y ya está, sin abrir un debate de cuarenta mensajes sobre si era para tanto. Cada centro además tiene sus propias normas sobre esto, y conviene mirarlas, que suelen estar en las autorizaciones que firmamos en septiembre sin leerlas del todo.
Los mensajes privados existen por algo
Si necesitas hablar con una persona concreta, escríbele a esa persona y punto, porque muchos grupos se llenan de conversaciones entre dos adultos que las otras veintiocho reciben sin tener absolutamente nada que aportar ni ganas de aportarlo. Parece una tontería, y sin embargo pasar esas charlas al privado cambia el nivel de ruido del grupo de una manera que no os podéis imaginar.
Antes de reenviar una alarma, comprobar si es cierta
«Me han dicho que…», «por lo visto…», «una madre de otra clase comenta…» son el origen de una cantidad de caos impresionante, y todas hemos reenviado algo alguna vez sin pararnos a mirar de dónde salía. Antes de pasar adelante una información que afecta al colegio, a la seguridad o a una persona concreta, merece la pena dedicar un minuto a verificar la fuente, y esto pesa todavía más ahora que circulan imágenes, audios y vídeos manipulados con inteligencia artificial que cuelan sin ningún esfuerzo.
Si os interesa ese tema, tengo una guía específica sobre acoso escolar con IA, deepfakes y suplantaciones.
¿Estamos ayudando o queremos controlarlo todo?
Para mí esta es la pregunta interesante que hay detrás de casi todo lo anterior. Cuando resolvemos un olvido, pedimos los deberes, comprobamos qué examen hay o preguntamos al minuto qué ha pasado en clase, es facilísimo pensar que solo estamos echando una mano; pero a veces esa ayuda responde más a nuestra necesidad de tenerlo todo bajo control que a lo que de verdad hace falta.
Y ya os veo venir, porque yo me lo he preguntado igual: ¿entonces qué hago, dejo que se estrelle? Pues no, no va de eso. Las criaturas necesitan apoyo, por supuesto que sí, y hay momentos en los que hay que entrar de cabeza. Lo que también necesitan es espacio para hacerse cargo de sus cosas, equivocarse, resolver problemas pequeños y descubrir que un despiste no se lleva el mundo por delante. La diferencia está en si entramos porque hace falta o porque no aguantamos la incertidumbre.
Los grupos de WhatsApp no son el enemigo, que quede claro: usados con un poco de cabeza nos facilitan la vida una barbaridad. Lo que se tuerce es cuando un recurso pensado para las familias termina gestionando también la vida escolar de quienes van a clase. Y a lo mejor la norma buena es bastante más simple que todo lo que llevo escrito: usar el grupo para aquello que de verdad necesita al grupo, y dejar lo demás donde corresponde.
Y ahora contadme la verdad: ¿el grupo de vuestra clase es sorprendentemente civilizado o de esos que abres después de dos horas y te encuentras 146 mensajes pendientes? Yo ya os digo por dónde ando.
P. D. Si estáis en un grupo que últimamente se parece más a una centralita que a un chat, reenviadles el artículo sin decir nada. Es un clásico que nunca falla.
Fuentes consultadas: EL PAÍS y Cadena SER.









