Esa soy yo.  La del título. Y la de la imagen.  Bueno, la de la imagen no soy exactamente yo, a la vista está, pero como si lo fuera vaya. Soy esa a la que todas las mujeres miramos de reojo por la calle y pensamos «Oh por dios, si me pongo así MÁTAME».

Toda mi vida he sido «rellenita», desde pequeña.  Luego con las hormonas la cosa se descontroló un poco, pero siempre he tenido épocas «más rellenita» y otras menos.  Siempre he estado en el «tallaje oficial»; unas veces al límite, otras luciendo tipo orgullosamente, pero dentro. Siempre… hasta que me convertí en madre. Entonces la cosa se descontroló.

Todavía no sé muy bien el motivo. Los primeros meses yo aumentaba de peso casi a tan buen ritmo como mi bebé. A pesar de dar pecho a demanda. A pesar de comer poco, tarde, y mal. A pesar de no dormir apenas. A pesar de no parar ni un momento. No lo entendía, pero estaba demasiado ocupada, demasiado agotada para vigilar la maldita báscula. Iba al médico, le decía que me encontraba demasiado cansada, que engordaba demasiado, que me mareaba… hacía analíticas, todo «estaba bien», y la única receta era: paciencia. Paciencia, es pronto, es normal, espera.

Cuando estás gorda pasa como cuando tienes un bebé. Todo el mundo se cree que sabe lo que tienes que hacer, y además te lo dice.  Gente que te dice sin sonrojo «ui como te estás poniendo» o  «estoy preocupado por su salud, tienes que ponerte en serio y adelgazar»: ¿Ponerme en serio? ¿Sabes acaso cuanto y cómo como, o qué hago por mantener mi peso a raya? ¿Tienes idea del esfuerzo que tengo que hacer yo personalmente para mantenerme en un peso «normal»? ¿Tienes idea de lo que he tenido que hacer en el pasado precisamente para no llegar a donde estoy ahora? ¿Tienes idea de los esfuerzos que estoy haciendo ahora mismo para no ir a más?

¿Tienes la más mínima idea de lo que se siente estando como yo estoy, y teniendo que aguantar gilipolleces como las que me acabas de decir?

Parece que las que estemos gordas sea porque nos ponemos tibias a comer, nadie se plantea ninguna otra posibilidad. A mí me han llegado a preguntar «¿Cuantas veces al día comes?» despues de compartir una comida, y, supongo, sorprenderse porque no comía cuatro platos, sino lo mismo que cualquiera. Ni siquiera fui capaz de contestar, de lo sorprendida que me quedé con lo grosero de la pregunta.

Siempre hay alguien dispuesto a «salvarte de tí misma». Nunca olvidaré la vez que en pleno Prime Time a Mercedes Milá se le ocurrió decirle a una de las concursantes de GH algo así como «a tí te voy a poner a dieta yo». ¿Acaso tiene esta mujer idea de lo humillante y frustrante que es que cualquiera se crea con derecho a decirte este tipo de cosas? ¿Sabéis lo dolorosos que resultan este tipo de comentarios?

No, no siempre comemos como animales. No siempre estamos así por dejadez. No siempre somos «felices gorditas». A veces llegas a esto despues de mucho luchar y mucho pelear. A veces tu cuerpo no actúa como debería actuar, y las cosas se descontrolan sin que seas capaz de encontrar el motivo. A veces llegas simplemente porque el nivel de lucha es demasiado alto, y no siempre lo puedes mantener.

Yo he lucido una talla 38, y lo hice a costa de comer un café con leche, un plato de ensalada escaso y algún yogurt  en todo el día, y andar mínimo 5 kilómetros diarios. Y fumar mucho, mucho, para engañarme a mí misma, al hambre, y a mi organismo. ¿Es este un comportamiento sano y deseable? ¿Es un precio razonable a pagar?

Me he pasado dos años sin mirarme en el espejo, o mejor dicho, sin verme. Porque me miraba, para vestirme o peinarme, pero no quería ver lo que había en él. La imagen generaba demasiado rechazo en mí.  Ha sido gracias a mujeres como Anatxu (bendito el día que descubrí tu blog)  que he empezado a reconciliarme conmigo misma y con mi cuerpo.  Y gracias a marcas como Dorothy Perkins y Asos, que hacen ropa más allá de la talla 46, he podido volver a verme guapa.

No me rindo en la batalla contra los kilos, pero tengo claro que ahora mismo es una batalla perdida, porque hay factores que escapan a mi control, factores que estoy intentando poner a raya.  Así que ahora mismo estoy aprendido a aceptar lo que veo en el espejo, a sacar lo mejor de lo que tengo, y a intentar que no interfiera en mi vida.

Así que os voy a pedir un favor. Antes de decirle a la gorda de turno, con palabra o con gesto «a ver si adelgazas», poneros un momento en su lugar, y preguntaros hasta dónde estaríais dispuestos a llegar por conseguirlo. Y pensad que quizás, sólo quizas, esa persona ya haya superado su propio límite.

Si te gustó, ¡compártelo!
Una madre como tú

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.