Como ya dejé entrever en La Orquidea Dichosa, post inaugural y que da nombre a este blog, el entorno en que me muevo es bastante hostil para con la forma en que estamos criando a mi hijo.

Y si, digo bien, hostil, porque excepto mis amigas y familia más cercana, la sociedad que me rodea ve con muy malos ojos que no discipline a mi hijo, que no le obligue a comer, domir, a vestir como yo quiero o a estarse quietecito y sin molestar el tiempo que a mi me de la gana.

Y de la lactancia, ya ni hablemos, ¿para qué dar el pecho, si es una esclavitud para la madre?
Está muy mal visto dar el pecho «a un niňo tan mayor», igual que lo estaba que siendo bebé le diera a demanda, y que no duerma en su propia habitación a estas alturas ya no digamos.

Así que siempre que tienen ocasión me hacen saber lo mal que lo estoy haciendo con sus miradas de desaprobación,  comentarios de doble sentido,  gestos torcidos o en algunos casos (los menos) con críticas directas.

Entretanto, yo asisto a comidas y meriendas intentando (en vano) no afligirme con lo que veo.

Comidas en las que hay que acabarse hasta la última gota de un enorme tupper de papilla. Da igual que sea un bebé de 5 meses que de 15, no importa que se trate de comida, merienda, o cena;  el bebé en cuestión ha de acabarse un tupper más grande que su cabeza, y no vale llorar, toser, atragantarse o vomitar; ha de comerse hasta la última gota, y no importa lo que haya que hacer para conseguirlo.

Por supuesto tras la comida siempre viene la siesta, en otra habitación o en una zona apartada de donde estarán los mayores. No es necesario que el bebé o su silla estén a la vista, no es necesario acompañarle o vigilarle siquiera mientras se duerme. Se le deja solo, y él solito se encarga de todo. Si llora un poco no pasa nada, que ya se volverá a dormir, tiene que acostumbrarse.

Y por supuesto nunca comen con los mayores, siempre antes para que no molesten, y siempre papilla para que coman más y sin manchar. Si acaso algún día se les deja probar algo, pero de comer papilla, invariablemente.

Como no podía ser menos, sus padres entregan a sus retoños a los cuidados de sus abuelos el máximo tiempo posible. Da igual que ya pasen las mañanas con ellos, da igual que de hecho pasen también las tardes, y no importa tampoco que en toda la semana apenas hayan estado con sus padres para levantarse y acostarse. Lo importante es que sus sufridos padres tengan su tiempo de ocio sin molestias ni dispersiones, así que los abuelos se ocupan de ellos también durante esas comidas o cenas especiales,  y si no están invitados, los pequeños tampoco.

Por si os lo estábais preguntando, lo de jugar con los hijos es una estupidez, tienen que aprender a jugar solitos, o bien en su silla, o bien en el suelo, o donde sea, pero sus pobres padres no han venido a este mundo para entretener a sus hijos, faltaría más. Y mientras juegan, sus padres o sus abuelos, cómodamente sentados lo más lejos posible, se entretienen en cosas importantes como jugar la partida de cinquillo o ver la novela de turno, pues con una mirada de vez en cuando es suficiente.

Y si al crío o cría se le ocurre hacer algo que no debe, como meter las manos en una maceta, por supuesto se le llama la atención, se le tira de la oreja, del pelo, o se le da un cachete, o más dependiendo de la importancia del «delito», no sin recordarle oportunamente lo malo malísimo demonio que es por hacer tantas maldades y no parar quieto ni medio segundo.

El colmo de mi asombro llegó cuando una madre, totalmente convencida de sus palabras, comentó que por suerte su madre se encarga de su hijo todo el día, y además le limpiaba la casa, porque si ella, pobrecita, además de trabajar su turno de 8 horas tenía que encargarse según salía del niño, limpiar, y preparar la comida para el día siguiente, viviría amargada, que eso ni era vida ni era nada. Ella y su pobre maridito, claro.
Y yo, en mi desconcierto, no podía más que preguntarme… ¿y lo de tu madre, qué es? 

Eso si, la que malcría, la que no sabe educar, la que está echando a perder al hijo… en resumen, la que lo está haciendo fatal soy yo. ¿No?

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Una madre como tú
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