Hay una pregunta que vuelve a casa todos los días a una hora bastante poco oportuna: «¿Qué hacemos hoy para cenar?».
Y da igual que llevemos años cocinando, que tengamos la nevera medio llena o que el día anterior jurásemos solemnemente que esta semana íbamos a organizarnos mejor. A las ocho de la tarde, cuando todavía quedan duchas, mochilas, ropa para mañana y alguna conversación pendiente, pensar una cena desde cero puede parecer un problema de ingeniería.
Septiembre tiene mucho de eso. Volvemos al cole, a los horarios, a las extraescolares y a intentar encajar la vida entera entre las cinco de la tarde y la hora de acostarse.
Por eso, más que buscar recetas espectaculares, me interesa otra cosa: no tener que decidir cada tarde qué vamos a cenar. Y ahí es donde un menú semanal familiar puede ahorrar bastante más energía mental de la que parece.
Un menú semanal no significa decidir hasta el último tomate
Cuando pensamos en planificar comidas es fácil imaginar uno de esos calendarios perfectos con desayuno, comida, merienda y cena cuidadosamente organizados para los siete días de la semana.
Yo no me complicaría tanto.
Para una familia normal, planificar solamente las cinco cenas de lunes a viernes ya puede resolver una parte enorme del problema. Además, conviene dejar margen. Si el martes sobra comida, si el miércoles aparece un plan improvisado o si el jueves nadie tiene ganas de lo que estaba previsto, el menú debería poder moverse sin que parezca que hemos incumplido un contrato.
La planificación sirve para quitarnos decisiones de encima, no para añadirnos obligaciones.
Empieza por cinco cenas que ya sabes que funcionan
Hay semanas en las que cometemos el error de intentar innovar demasiado. Nueva receta el lunes, plato de moda el martes, algo saludable que nadie ha pedido el miércoles… y el jueves estamos haciendo tortilla porque ya no nos quedan ganas de experimentar.
Para organizar cenas familiares funciona bastante mejor construir la semana alrededor de platos que ya sabemos que gustan en casa: una pasta que podamos variar con distintas verduras o proteínas, una cena con huevo, una opción de pescado, alguna receta de legumbres y una noche especialmente fácil.
Por ejemplo, las albóndigas de pescado encajan perfectamente en uno de esos días porque se pueden dejar preparadas con antelación y admiten distintos acompañamientos.
No hace falta que las cinco cenas sean nutricionalmente perfectas ni que cada plato contenga diecisiete colores. Lo importante es que, vistas en conjunto, haya variedad y que sean realistas para nuestra casa.
Piensa en tipos de cena, no solo en recetas
Esto facilita muchísimo la planificación. En lugar de sentarnos delante de una hoja en blanco y pensar «¿qué cocino el jueves?», podemos asignar una categoría aproximada a cada día.
Lunes: pasta o arroz
Puede ser pasta con verduras y pollo, arroz salteado con lo que haya en la nevera o incluso unos gnocchi hechos en sartén.
Martes: huevo
Tortilla francesa con acompañamiento, revuelto de verduras, tortilla de patata si tenemos tiempo o unos huevos al plato.
Miércoles: pescado
Pescado al horno, hamburguesas de pescado, albóndigas o una receta muy sencilla de sartén.
Jueves: legumbres o plato único
Lentejas, garbanzos salteados, un guiso sencillo o una ensalada templada cuando todavía hace calor.
Viernes: cena fácil
Pizza casera, fajitas, bocadillos completos, una tabla improvisada con cosas que haya por casa o cualquier opción que nos permita empezar el fin de semana sin entrar en la cocina con espíritu de sacrificio.
No es necesario mantener siempre esta distribución. La gracia está precisamente en tener una estructura que podamos repetir cambiando los platos.
Cocinar dos cosas a la vez cambia bastante la semana
No estoy hablando de pasarse el domingo haciendo batch cooking durante cuatro horas, porque solo de pensarlo ya entran menos ganas de cocinar. Pero sí merece la pena aprovechar cuando estamos en la cocina.
Si encendemos el horno para una cena, podemos asar al mismo tiempo verduras para otro día. Si hacemos arroz, preparar algo más y guardarlo. Si cocemos huevos, cocer cuatro en lugar de dos. Si hacemos una salsa de tomate casera, preparar cantidad suficiente para congelar otra ración.
Son pequeños gestos que no convierten el domingo en una jornada laboral y que, sin embargo, pueden salvar una cena dos días después.
El congelador no es un cementerio de táperes
Todos hemos encontrado alguna vez un recipiente congelado del que no recordamos ni la especie.
Si cocinamos una receta que congela bien, podemos guardar directamente dos o tres raciones etiquetadas. Lentejas, albóndigas, salsa boloñesa, cremas de verduras, croquetas, hamburguesas caseras o sofritos son candidatos muy agradecidos.
No solucionan cada semana, pero cuando llega uno de esos días en los que todo se complica, abrir el congelador y encontrar una cena prácticamente lista resulta bastante más útil que descubrir tres bolsas de pan duro.
Mira lo que ya tienes antes de hacer la compra
Una planificación eficiente empieza antes de hacer la lista. Primero abriría nevera, congelador y despensa.
¿Qué hay que gastar primero? ¿Qué producto lleva demasiado tiempo esperando? ¿Tenemos arroz, pasta, huevos o legumbres suficientes? ¿Qué alimento podemos utilizar en dos cenas distintas?
A partir de ahí se monta el menú y después la lista de compra. Es una manera bastante sencilla de reducir desperdicio y de controlar mejor el gasto semanal, especialmente en septiembre, cuando a la compra habitual se suman material escolar, ropa y extraescolares.
Un ejemplo realista de menú semanal de cenas
No voy a proponeros cinco cenas que requieran cuarenta ingredientes y hora y media de preparación. La idea podría ser algo así:
Lunes: pasta salteada con calabacín, tomate y pollo.
Martes: tortilla francesa o revuelto con verduras y pan.
Miércoles: albóndigas de pescado con arroz y alguna verdura.
Jueves: garbanzos salteados con verduras y huevo.
Viernes: pizza casera rápida o fajitas con los restos aprovechables de la semana.
Y la semana siguiente cambiamos las recetas manteniendo aproximadamente las categorías. Así seguimos teniendo variedad sin tener que inventar una nueva vida culinaria cada domingo.
Si los niños comen en el comedor, úsalo a tu favor
En ese caso merece la pena mirar el menú escolar antes de decidir las cenas. No porque tengamos que hacer cálculos nutricionales complicados, sino simplemente para evitar repetir constantemente el mismo alimento.
Si han comido pescado al mediodía, podemos poner huevo o carne por la noche. Si han comido legumbres, dejamos los garbanzos para otro día. Y si al mediodía ha tocado uno de esos platos que sabemos perfectamente que nuestro hijo apenas prueba, podemos adaptar un poco la cena.
Y si además queréis dejar resuelta la otra mitad del día, en el blog tenéis también estas ideas de bocadillos para el cole y meriendas.
La mejor planificación es la que seguimos usando dentro de tres meses
Un menú semanal no sirve de nada si para mantenerlo necesitamos dedicar una hora cada domingo, utilizar una aplicación complicada y preparar doce recipientes perfectamente etiquetados.
Tiene que ser suficientemente sencillo como para sobrevivir a semanas malas: cinco cenas, una compra, algo preparado por adelantado, un par de comodines en congelador o despensa y margen para mandar el plan al cuerno un miércoles porque alguien propone cenar fuera.
Eso también es planificación.
Porque el objetivo no es tener una cocina perfectamente organizada; es llegar a las ocho de la tarde y no descubrir que, otra vez, nadie ha pensado qué vamos a cenar.
¿Vosotros planificáis las cenas de toda la semana o sois más de abrir la nevera y decidir sobre la marcha? Contadme qué sistema os funciona, que seguro que entre todos sacamos unas cuantas ideas buenas.









