Nunca pensé que daría a luz sin epidural. Pero empecemos por el principio, porque esta historia comienza cuatro años atrás. Comienza cuando comprendí cómo había sido en realidad el parto de mi niño. Cuando me di cuenta de que había sido violentada, de que el que debería haber sido el momento más feliz de mi vida había sido en realidad una experiencia traumática. Comienza cuando de verdad conseguí asimilar cómo había sucedido todo. Entonces me prometí a mi misma que cuando volviera a ser madre tendría un parto respetado, que aquello no se volvería a repetir.

Así que cuando en la reunión de plan de parto me dijeron que las medidas de parto sin dolor me estaban vetadas por la diabetes gestacional insulinodependiente una alarma comenzó a sonar dentro de mi. Y cuando días más tarde el ginecólogo intentó hacerme una hamilton a traición, todos los fantasmas del pasado planearon sobre mi. Me vi de nuevo dilatando tumbada, despacio, con grandes dolores, y con la amenaza del intervencionismo innecesario rondando.

Me pregunté si quizás estaba abocada a que la historia se repitiera… y me preparé mentalmente para ello, por lo que pudiera pasar.

Fue una madrugada de martes, aún no había cumplido las 38 semanas, y me desperté con unas pataditas. Fueron como un «toc toc«, «Qué patadas más curiosas«, pensé. «Las 4 otra vez. Siempre me despierto a las 4, qué cosas...»

Me levanté, fui al baño, me acosté de nuevo. Pero estaba incómoda, cada vez más… hasta que llegó un punto que ya no aguantaba estar en la cama, y me tuve que levantar.

Las 4:30.

Volví al baño y lo comprendí todo. Ahí estaba el tapón… y una contracción muy clara.

Me fui directa a avisar a mi chico: «Cariño, estamos de parto. Pero no te preocupes, no hay prisa, esto acaba de comenzar.»

Empecé a controlar las contracciones con una aplicación del móvil. Sólo tenía que pulsar cuando empezaban, de nuevo cuando terminaban, y luego puntuar el nivel de dolor. Al principio pensaba que quizás fuera sólo un ensayo, quizás no fuera aún el momento… pero las contracciones eran muy seguidas, y aumentaban de intensidad muy rápido. Cuando me quise dar cuenta estaba marcando intensidad de dolor 3 sobre 5.

Esta vez no sentí las aguas fluir, en cambio si que sentía como mi cuerpo se iba abriendo, como ni niña descendía dentro de mi con cada contracción.

No había pasado ni media hora, y me di cuenta de que todo iba muy rápido, mucho más de lo que yo esperaba. Quizás demasiado rápido. Recordé a Marta, a Eli y a Carol, y sentí un poco de miedo. No quería parir en casa, no podía, y menos de noche, en pleno pico de insulina… demasiado peligroso para la peque.

Las 5:00

Cariño, llama a mis padres, tenemos que irnos al hospital YA, esto va muy, muy rápido.

Empecé a notar como las contracciones eran muy fuertes. Recordé a mis chicas, a mi círculo de mujeres; «Todo está bien, todo es perfecto. Deja que fluya. Todo irá bien». Dejé a un lado el móvil y me dejé llevar por lo que el cuerpo me pedía. Me paseaba, me balanceaba, me subía al sofá para recibir las contracciones de rodillas. Sentía que las ganas de empujar eran inminentes.

Cariño, ésto es el plan de parto, en cuanto entremos en el paritorio se lo das a la matrona. No lo van a respetar por la diabetes, pero al menos que sepan cuales son mis deseos.

Llegaron mis padres para quedarse con el peque y salimos para el hospital. ¡Qué incómodo se me hizo estar sentada! Me dolía cada giro del coche, y algo dentro de mi me pedía ponerme en pie. Por suerte no tardamos ni 10 minutos en llegar. Bajé a duras penas del coche,y los escasos pasos hasta la ventanilla de urgencias se me hicieron eternos. Nos pasaron directos a exploración, sólo tuve que atravesar un pasillo y me debí parar dos veces a apoyarme para recibir una contracción… y ya en el box de valoración me costó mucho, mucho desvestirme… «no se si podré salir«.

Una exploración rápida y confirmado: estás en completa, a paritorio.

5:35

Mis recuerdos aquí ya están entre nebulosas. Recuerdo una matrona, bueno dos, que eran como dos pequeñas luces que iluminaban tenuemente, sin molestar. «Vamos a intentar ponerte la vía, a ver si entre contracciones doy«. «¿Quieres probar a sentarte?» «¿Quieres intentar subirte a la cama? Quizás estés más cómoda«. Probé la silla de partos, pero me resultó horriblemente incómoda. Con la cama ya no me atreví, no sabía si sería capaz de subir. Estaba en pie junto a la cama, apoyada con mis manos en ella. Todo mi cuerpo y mi mente estaba concentrados en las ganas salvajes que tenía de empujar. «Venga, empuja poco a poco, despacio…» ¿Despacio? ¿Cómo se hace eso? Me sentía como un potro desbocado…

Todo hasta aquí transcurrió muy, muy rápido, tanto que creo que no me dio tiempo a asimilar el dolor. Pero en el momento en que mi niña coronó pareció que el tiempo y el espacio se hubieran detenido. Recuerdo empujar y empujar y notar que no se movía, sentir desesperacion, decir después de varios intentos algo así como «No puedo, sacármela, ya no puedo más«… pero no era yo, no se cómo explicarlo. Entonces noté que empezaba a bajar, y un alivio inmenso me envolvió. Continué empujando, sentí como se deslizaba entre mi cuerpo, y así nació mi niña.

La recogieron y la pusieron en la cama frente a mí, entre mis manos.

6:05. Mi niña ya está entre mis brazos.

Me gustaría poder explicaros lo que sentí en ese momento, pero… no hay palabras. Creo que os lo podéis imaginar ;)

Nos dejaron estar así unos minutos, y luego le cortaron el cordón. Me tumbé para alumbrar la placenta, y mientras me pusieron a mi niña encima, haciendo piel con piel. Sólo la apartaron de mi unos minutos para vestirla, en la misma habitación, a mi lado.

No, no me hicieron episiotomía. Sólo tuve un pequeño desgarro. Me pusieron una vía de glucosa, y no se cómo lo hicieron porque apenas me enteré. Parí de pie, en la posición en la que yo me encontraba cómoda. Y todo esto sin plan de parto, porque a mi chico no le dio tiempo a entregarlo.

Nos dejaron en el paritorio bastante tiempo, creo que un par de horas, y luego nos subieron a planta.

Tuve el parto que yo deseaba, un parto respetado, un parto con el que ni me atrevía a soñar, y no lo tuve que exigir, no tuve que pelear por él. Lo tuve porque me acompañó una MATRONA, así, con letras mayúsculas.

Gracias Esther.

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Una madre como tú
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