Nunca he sido una persona miedosa, o eso creo. He tenido mis miedos y mis dudas, como todas las personas, pero nunca los he sentido como algo que me bloqueara o me impidera avanzar.

Hasta que me convertí en mamá.

El MIEDO, con mayúsculas, apareció por primera vez al poco de quedarme embarazada. Comencé a sangrar, y sangrar mucho. Así que llegué a urgencias convencida de que había sufrido un aborto. No fue así, los médicos no me explicaron apenas nada, sólo me dijeron que era una amenaza de aborto y me mandaron a casa. Durante casi un mes sufrí un miedo terrible a perder a mi bebé, miedo que intentaba ignorar pero que estaba ahí, día a día, gota a gota. Por suerte ese miedo no se materializó.

A las pocas semanas de nacer mi niño sentí de nuevo ese terrible miedo cuando, una noche, pegó como una sacudida, como saltitos, en sueños.  Algo tan insignificante desencadenó un torrente de recuerdos y de miedos que me tuvieron semanas vigilando sus sueños. Desorbitado, lo sé. Pero tengo una hermana epiléptica, y esas sacudidas despertaron en mí los peores temores -o más bien terrores-, temores que no compartí con nadie más que con mi chico, y que conseguí dominar a base de mucho repetirme a mí misma: «todo está bien».

A partir de ahí los miedos fueron los típicos de toda madre: miedo a que se caiga y se haga daño, miedo a que no coma bien y se ponga enfermo, miedo a que no se adapte en la guardería… benditos miedos normales, que sólo te roban el pensamiento a ratos y te permiten dormir bien (ejem… todo lo bien que te permita el peque, claro).

Hasta que llegó el evento de madres blogueras, y me ví un día mirando billetes de avión, autobús y tren para volar yo sola a Madrid… y entonces apareció un MIEDO exagerado, desorbitado, que no había sentido nunca en mi vida. El MIEDO A MORIR. Me sorprendí a mí misma aterrada, paralizada, imaginándome que el avión se estrellaba, o el autobús volcaba, o el tren descarrilaba… imaginándome que no sobrevivía al accidente, y cómo reaccionaría mi niño ante la noticia, cómo asimilaría no tener mamá. Tantas cosas pasaron por mi cabeza… tantas como para descartar inmediatamente viajar, paralizada ante lo que podría suceder.

Por fortuna la cordura no tardó en volver a mí,  pude dominar mis miedos y como ya sabéis viajé a Madrid.

Tras este apareció otro miedo, el miedo a que le pasara algo, que sufriera un horrible dolor, y no estuviera yo presente para consolarle. Que alguien le hiciera daño, o que tuviera un accidente, y no estar yo ahí… me torturaba y aún me tortura algunos días.

Había escuchado alguna vez la frase «no conoces el verdadero miedo hasta que no te conviertes en madre«. Pero, la verdad, no pensaba que fuera tan, tan cierta.  Ni que un miedo abstracto se pudiera llegar a sentir de un modo tan paralizante.

Y lo que nos queda.

 

Y tú, ¿has sentido EL MIEDO desde que eres mamá?

 

 

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Una madre como tú
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