Hace unos días empezaron a llegar los titulares de PISA y, con ellos, el dato que repetían absolutamente todos: el 32 % de estudiantes de quince años en España no alcanza el nivel básico de comprensión lectora. Un tercio. Y yo me quedé un buen rato con el móvil en la mano dándole vueltas, porque una cosa es leer ese titular con la cabeza de quien se informa y otra muy distinta leerlo desde una casa con adolescencia en curso.
Porque no estamos hablando de leer más libros o menos libros. Estamos hablando de entender lo que se lee, de relacionar ideas, de localizar una información concreta y de poder pensar sobre ella después.
Es un problema educativo enorme, con muchísimas variables detrás, y desde luego no es algo que vayamos a arreglar las familias desde el sofá de casa. Pero sí hay gestos pequeños —y baratos, y sin cronómetro— con los que podemos echar una mano. De eso va esto.
Qué dicen realmente los resultados de PISA 2025 en España
¿Qué nota ha sacado España en PISA 2025?
La evaluación de la OCDE, que se hace con estudiantes de quince años y cuyos resultados se publicaron el 8 de septiembre de 2026, deja a España en 451 puntos en lectura, 457 en matemáticas y 477 en ciencias. Son, en las tres materias, los peores registros de toda nuestra serie histórica: en lectura se pierden veintitrés puntos respecto a 2022 y se baja incluso por debajo del 461 de 2006, que hasta ahora era el suelo. En matemáticas la caída es de dieciséis puntos y en ciencias, de ocho.
¿Qué significa no alcanzar el nivel 2 de competencia lectora?
Pero oye, que los puntos así sueltos no nos dicen gran cosa a ninguna, así que vamos con lo que de verdad se entiende. PISA ordena la competencia lectora por niveles, y el nivel 2 es el mínimo que se considera suficiente para desenvolverse. En España lo alcanzan dos de cada tres estudiantes; el tercio restante, no.
¿Y qué es lo que se atraganta exactamente? Pues cosas tan cotidianas como identificar cuál es la idea principal de un texto que tenga cierta extensión, buscar una información siguiendo un criterio determinado (el típico «localiza en el artículo dónde dice cuánto costó la obra») o preguntarse para qué está escrito eso que se acaba de leer y por qué está escrito así y no de otra manera. Dicho de otro modo: se leen las palabras, pero el texto se escapa.
¿Sirve PISA para evaluar a cada adolescente?
No, y este matiz me parece importante antes de seguir. PISA sirve para ver tendencias de un sistema educativo entero y comparar poblaciones, no para ponerle nota a nadie en particular. Además, el rendimiento no tiene una causa única: influyen el centro, el entorno socioeconómico, las condiciones en las que se aprende, la salud, el descanso, la atención, los recursos disponibles y una lista larguísima de cosas más.
Y ya sé que la tentación de resumirlo todo en «es que ya no leen» o «es que las pantallas» es fortísima —yo la primera, que he soltado las dos frases más veces de las que me gustaría admitir—, pero esa foto se queda muy corta.
Leer mucho no siempre es comprender mejor
Si queremos ayudar en casa, a lo mejor la pregunta útil no es cuántas páginas llevan, sino qué están haciendo con lo que leen. Porque se puede terminar un capítulo entero sin haberse enterado de quién hizo qué, por qué la historia dio un giro o qué información de ahí importaba; y se pueden leer tres páginas despacio, comentarlas un rato y construir una comprensión mucho más sólida que la de quien va a toda pastilla.
Trabajar la comprensión no obliga a convertir la lectura en un examen (nada de fichas, por favor, que bastante tienen). A veces basta con mostrar interés de verdad: preguntar qué ha pasado, qué personaje ha sorprendido, por qué creen que tal personaje actuó así o qué habrían hecho en su lugar.
Y tampoco tiene que ser un libro necesariamente. Vale una noticia, las instrucciones de un mueble, la sinopsis de una peli o la información de un videojuego —esa la cuentan con un lujo de detalle que ya quisiéramos para el Quijote—. Comprender textos no es una habilidad reservada a las novelas.
«Ya, pero es que en mi casa me contestan con monosílabos»
Pues claro que sí. Yo pregunto «¿qué tal el libro?» y recibo un «bien» que podría significar cualquier cosa, incluida la de que deje de preguntar. A los quince años eso no es desinterés: es que la conversación frontal, madre delante y criatura enfrente, suena a interrogatorio; y con razón, porque muchas veces lo es.
Lo que me ha funcionado a mí es quitarle solemnidad al asunto y no preguntar de cara: mientras se friegan los cacharros, en el coche, o soltando yo primero lo que estoy leyendo y lo que no me está gustando nada. Cuando quien se moja primero eres tú, la cosa deja de parecer un examen y empieza a parecer una conversación. Y si un día no sale, no sale; ya saldrá otro.
Además, hablar de lo que leen no solo ayuda a comprender y a darle vueltas a las cosas: a nosotras nos deja asomarnos un poquito a su mundo sin que sientan que estamos espiando. Que no es poco, a esas edades.
El libro que engancha vale más que el libro con prestigio
Voy a decir algo impopular: amigas, aquí nos toca soltar unos cuantos prejuicios de adulta. De poco sirve poner El Quijote delante de alguien de quince años si no lo entiende, no conecta con él y avanzar por sus páginas se le hace un suplicio.
Si lo que queremos es que cojan el hábito y, sobre todo, el gusto, nos tiene que dar exactamente igual que lo que lean sea un fanfic, un cómic, manga, fantasía, misterio, divulgación o una novela que a nosotras nos parezca mediocre. La regla debería ser bastante más sencilla: si es una lectura adecuada para su edad, interesa y consigue que quieran seguir leyendo, ¡bienvenida sea! Con eso ya tenemos muchísimo ganado.
Ojo, que no digo que haya que renunciar a ampliar géneros, dificultad o referencias; ¡ya habrá tiempo de todo eso! Lo que interesa a estas edades es despertar el interés y el disfrute, y conseguir que quieran abrir otro libro en cuanto cierren el que tienen entre manos. Sospecho que es una puerta de entrada bastante más eficaz que empezar por aquello que en el mundo adulto hemos decidido que «deberían» leer.
Las matemáticas también viven fuera del cuaderno
Con las matemáticas pasa algo parecido, y es que hacer doscientas operaciones no garantiza entender qué se está calculando. Se nos olvida que las matemáticas están metidas en el día a día hasta el cuello, y que la diferencia entre que eso sirva de algo o no está en resolverlo en voz alta en vez de por dentro. El otro día, en el súper, me quedé parada con dos botes de tomate en las manos —uno grande y en oferta, otro pequeño y más barato— y, en lugar de hacer la cuenta mentalmente y tirar para adelante como hago siempre, la hice en alto: cuánto salía el kilo en uno, cuánto en el otro, por qué la oferta no compensaba. Nada más. Y de ahí salió una conversación entera sobre ese numerito del precio por kilo que llevamos toda la vida viendo en la etiqueta y que, resulta, en mi casa no había mirado nadie más.
No hace falta convertir eso en un ejercicio, que lo estropearíamos en dos minutos. Con pensar en voz alta ya vale: comentar el cálculo que estás haciendo, preguntar en alto si la oferta sale a cuenta o dejar que la solución la encuentre otra persona cuando la situación aparece sola. Nos importa menos acumular aprendizaje formal que el hecho de que se entienda qué estamos haciendo y por qué.
Acompañar no es montar una academia en el salón
No hay que convertir los resultados de PISA en un plan de refuerzo doméstico con su horario y su tabla de progreso. Lo que sí podemos hacer es aprovechar las oportunidades que ya aparecen solas en la vida de cada día: interesarnos por lo que se está leyendo en casa, conversar sobre ello, dejar sitio para lecturas que nosotras no habríamos elegido jamás o compartir un razonamiento en voz alta cuando aparecen unas matemáticas que resolver. No como una rutina nueva que haya que cumplir (que ya tenemos unas cuantas), sino cuando surja y tenga sentido.
Porque las familias podemos acompañar, despertar curiosidad y crear ocasiones, pero la mejora educativa necesita además centros con recursos, buenos apoyos, políticas públicas y respuestas a las desigualdades. Lo digo porque conviene tenerlo claro antes de que a alguien se le ocurra convertir esto en unos deberes más para las madres, que últimamente todo acaba cayendo del mismo lado y ya vamos servidas.
Y ahora os toca a vosotras: ¿qué se está leyendo ahora mismo en vuestra casa? ¿Habéis tirado la toalla con alguna lectura obligatoria —yo con unas cuantas, lo confieso— o tenéis algún truco para que os cuenten algo más que «bien» cuando preguntáis? Contádmelo en los comentarios, que de estas conversaciones siempre salgo yo con la lista de recomendaciones llena.
P. D. Si conocéis a alguna madre que esta semana haya leído los titulares de PISA y se haya quedado con el cuerpo revuelto, pasadle el artículo. Igual le quita un peso de encima.
Fuentes: OCDE, PISA 2025 Results (Volume I) y ficha de resultados de España; Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes.









