El debate sobre poner o no poner pendientes a los bebés (niñas) viene de largo en la blogosfera. Recuerdo cuando mi mayor era bebé, allá por el año 2011, que ya se hablaba del tema.  Por aquel entonces yo pensaba… «menos mal que tengo un niño, porque si tuviera una niña no tendría nada claro qué hacer».

Pero llegó la niña, y me tocó tomar una decisión. O, mejor dicho, nos tocó tomar una decisión. Porque, evidentemente, mi pareja también tuvo que ver, de hecho fue el que inclinó la balanza.

Tal y como yo lo veía, ponerle los pendientes a mi hija mientras aún era un bebé tenía sus ventajas:

  • le dolería menos (o eso dicen)
  • estaría guapísima (totalmente superficial y subjetivo)
  • ….

Vale, en realidad al pensarlo seriamente no había ventajas como tal. Había el peso de la costumbre, para que nos vamos a engañar.

En cambio, si pensaba en los contras, se me ocurrían unos cuantos:

  • Que realmente sí que le doliera mucho
  • Que le molestaran, y fuera causa de lloros sin que nosotros pudiéramos identificar el motivo
  • Posibles infecciones en los agujeros (me pasa a mí y a mis hermanas)
  • Que se los arrancara (me pasó a mí de bebé)
  • Que al ser mayor no los quisiera usar

El último punto es en el que no solemos caer, pero lo cierto es que hay muchas mujeres que en cuanto tienen poder de decisión se los quitan y no los vuelven a poner jamás. ¿Por qué entonces marcarla de por vida, sin tener en cuenta su opinión futura? ¿Y si además le causaban problemas, como me causan a mí? ¿Qué sentido tenía?

Aún así tenía yo mis dudas, no vayáis a pensar., así que fui dejando pasar los meses mientras seguía pensando si ponérselos o no. Me hice muy consciente de lo que me pesaba esta costumbre, para mi sorpresa.  Pero me resistía a aceptar que lo mejor era no hacerlo.

Entonces se lo planteé a mi marido, le expuse los pros y los contras, mi opinión y mis dudas, y entonces él sentenció:

Si tú le pones los pendientes a la niña, yo se los pongo al mayor.

Oye, entonces lo vi claro, clarísimo. Me pareció tan absurda su afirmación como mis dudas.  Si tenía claro que a él no se los pondría, ¿por qué dudaba si ponérselos a ella? Luego nos quejamos de cómo la sociedad nos marca y nos obliga a cumplir determinados cánones, y sin darnos cuenta nosotras mismas lo propiciamos. No, desde luego, no se los iba a poner. Ya decidirá ella si quiere llevar pendientes cuando sea más mayor.

Además, con el tiempo, me he dado cuenta de que esta decisión también habla sobre el respeto hacia su cuerpo. Del mismo modo que no le obligo a dar besos, para que aprenda que los límites de su cuerpo los marca ella (igual que con su hermano), creo que el no ponerle pendientes redunda en este mensaje. Es su cuerpo, y es ella quien  debe decidir cuando perforarlo o no, nadie más.

La de mi marido, por cierto, ha resultado ser la respuesta perfecta para cuando las abuelas y demás familia protestan por la falta de pendientes. Yo cuento su «amenaza» con cara de risa, todo el mundo alucina, pero no insisten.

La duda ahora la tengo en ese «cuando sea mayor». Porque yo decía muy ufana que si la niña pedía pendientes, se los pondríamos. Y entonces mi marido me hizo caer en otra cosa: ¿y si la pequeña te pide ponerse los pendientes y el mayor un piercing en el ombligo o en la ceja o vete a saber dónde, se lo vas a permitir? ¿dónde está la diferencia? ¿y el límite de edad? Y es que de bebés da un poco igual porque no son conscientes, pero en cuanto crecen entra en juego la coherencia, importante cuando educas a tus hijos desde el respeto y no desde la imposición.

Si, le encanta descolocarme. Y lo peor es que a veces tiene razón :/

Y tú, ¿dudaste a la hora de ponerles o no pendientes, o por contra lo tenías clarísimo?

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Una madre como tú
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