Nadie dijo que ser madre de dos hijos sería fácil. De hecho, casi todas me advertisteis que el trabajo no se multiplicaría por dos, sino por cuatro. Ni aún así me podía imaginar la que se me venía encima.

Ser madre de dos es volver a ser primeriza sin serlo. Porque traes el bagaje de todo lo vivido con tu primer hijo, y crees que será igual o parecido. Pero cada niño es distinto, y mi hija me demostró desde el minuto 1 que tenía que hacer borrón y cuenta nueva.

Es sentir como se te rompe el corazón en dos pedazos cuando los dos lloran a la vez y no te llegan las manos para consolarles.

Es sorprenderte al descubrir que quieres tanto a la pequeña como al mayor, y por quererles tanto a los dos de un modo que nunca habrías imaginado.

Es morir de amor por el mayor cada vez que le susurra al oído a su hermanita «Te quiero Minchiña«.

Es morir de amor por la pequeña cuando se despierta por la mañana y lo primero que hace es buscar a su hermano, abrazarle, y sonreirle embelesada.

Es estresarte porque siempre hay un bebé o un niño pegado a tu brazo, y hay muchas cosas no se pueden hacer así.

Es preguntarte en qué momento del día/semana/mes/año conseguirás volver a tener la casa medianamente recogida y reluciente, todo lo que tienes en mente publicado en el blog (o al menos en borrador), y las canas… bueno da igual, puedo vivir seis meses más con canas.

Es ponerte de los nervios cuando se ponen a chincharse y enfadarse por la tontería más tonta del universo. Y derretirte totalmente cuando, ya agotada, los pones a jugar separados un rato, y no sólo te ignoran, sino que se abrazan,  se ríen y siguen jugando como si nada.

Es sorprenderte porque, por primera vez en 14 años, tu trabajo ya no te resulta estresante, sino relajante.

Es querer cada día más a mi marido por hacerme el regalo más increíble y maravilloso que podría imaginar nunca. Y luego multiplicarlo no por dos, sino por cuatro.

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Una madre como tú
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