Tres meses y veinte días cumple hoy mi niña. Ni siquiera tiene cuatro meses. No se aguanta sentada. No se alimenta de nada más que de leche, directamente de mi pecho. No se duerme solita. No acepta del todo bien a extraños. No le gusta ni el chupete ni el biberón. No concibe su existencia sin mí a su lado.

Sin embargo, el estado considera que ya es momento de que yo regrese al trabajo, que ya es suficiente, así que toca dejarla en una guardería las horas necesarias para que yo pueda «ser productiva».

Cuatro meses, aún no.

He temido este momento desde antes de quedarme embarazada, desde antes incluso de pensar en volver a quedarme embarazada.

De hecho, éste momento es la causa de que yo decidiera cambiar el rumbo de éste blog, y dejara de ser un espacio de desahogo y dispersión personal para intentar ofrecer el máximo posible de mí misma y de paso poder rentabilizarlo un poco.

Y es por éste momento que me hice autónoma, para poder aceptar las propuestas de colaboración que hasta entonces rechazaba casi en su totalidad. Y desde entonces, cada vez que iba a decir NO a un post patrocinado por uno u otro motivo, pensaba en éste momento. ¿Cómo lo iba a rechazar?

No paro de pensarlo, y sin embargo no soy capaz de asumirlo. Hago cuentas del dinero que he conseguido ahorrar, de los gastos que tenemos afrontar… suma vacaciones, resta hipoteca… ¿cuánto lo podré estirar? Pero un dolor me martillea el corazón y no me deja pensar. Ni siquiera tiene cuatro meses. ¿Cómo la voy a llevar a una guardería?

Se me revuelve el estómago, me ahogan las lágrimas, me cuesta respirar.

Sé perfectamente que muchas os habéis tenido que enfrentar a ello. Sé que vuestros hijos están perfectamente. Pero no puedo. Es superior a mí, es un instinto animal que me grita que no me puedo separar de ella, y que hace que se me encoja el alma, que me duela el corazón como si me lo intentaran arrancar desde el estómago.

Ni siquiera tiene cuatro meses.

Sé que para quienes aún no son padres éste momento no parece importante, «es lo que hacen todos». Pero cuando has tenido a ese bebé más de tres meses en tus brazos, en tu pecho, cuando ya has vivido una adaptación a una guardería y todo lo que conlleva, éste momento se convierte en una tremenda montaña que no querrías tener que escalar jamás.

Por fortuna aún me quedan las vacaciones, y a continuación la (muy escasa) excedencia que pueda arañar gracias a éste blog, pero no puedo dejar de pensar lo muy absurdo que es esto en realidad.

Tres meses y veinte días, y se supone que ya tienes que estar lista para enfrentarte al mundo sin mí.

vanesa

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Una madre como tú

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